Unión perdió con Newell’s e hipotecó su clasificación a octavos

Lo mejor que le podía pasar a Unión era ponerse en ventaja temprano, porque en este equipo el contexto emocional pesa un montón y no es lo mismo arrancar desde atrás —con la ansiedad, el apuro y esa sensación de que todo cuesta el doble— que hacerlo desde arriba en el marcador, donde automáticamente cambia el clima, cambia la toma de decisiones y hasta la manera en que se para en la cancha; y eso fue exactamente lo que pasó, porque a partir del gol el equipo se soltó un poco más, empezó a jugar con otra tranquilidad, a asumir la iniciativa sin esa carga de urgencia que tantas veces lo termina desordenando, y ahí es donde se vio una versión un poco más lógica, más coherente, con un equipo que intentaba manejar la pelota, plantarse en campo rival y construir desde una idea que, sin ser brillante, al menos tenía cierta intención reconocible. En ese tramo del partido, Unión no solo dominó territorialmente sino que también logró algo que no siempre consigue, que es sostener ese dominio durante varios minutos sin caer en la imprecisión constante o en la desesperación por ir demasiado rápido, y eso le permitió instalarse en campo contrario, hacer retroceder al rival y jugar más cerca del arco de enfrente que del propio, algo que, en este contexto, ya es un avance significativo si se lo compara con otras presentaciones donde el equipo parecía partido, largo y sin conexión entre líneas.

A los 3 minutos del partido Newell’s se distrajo en una jugada que parecía controlada pero que terminó desarmándose muy rápido, porque Unión jugó con velocidad, sin darle tiempo al retroceso ni a acomodarse a la defensa, combinando entre Lautaro Vargas, Mateo Del Blanco y Julián Palacios en una secuencia corta pero bien ejecutada que rompió líneas con simpleza y terminó derivando en un centro que cayó pasado, casi al fondo del área, donde Marcelo Estigarribia (7,5) apareció libre para meter un cabezazo muy bien dirigido que abrió el marcador cuando todavía el partido prácticamente no se había acomodado, y que además reforzó esa sensación de que de a poco el delantero se va amigando con el gol, algo que en su caso no es menor porque se lo ve cada vez más participativo y con más confianza en el área, y eso para el equipo es un síntoma muy importante porque le aporta una referencia ofensiva más confiable desde el inicio de los partidos.

Lo de Newell’s durante varios pasajes del partido era bastante claro en cuanto a la intención: buscaba lastimar con pases filtrados a la espalda del doble cinco de Unión tratando de aprovechar ese espacio que se generaba entre la línea media y los centrales, y la verdad es que tenía sentido porque Unión, por momentos, quedaba demasiado estirado, con las líneas muy adelantadas y con una distancia que, si el rival lograba meter ese pase fino en el momento justo, podía transformarse en una situación de peligro bastante seria; Mauro Pittón (3) tuvo un muy flojo partido, perdido en el medio, llegando tarde y sin lograr contener a los volantes rivales. Tuvo que multiplicarse para cubrir el ancho del campo, ya que Newell’s acumulaba muchos hombres por dentro. Su trabajo fue vital para contener las embestidas de Guch y Herrera, aunque el equipo sufrió cuando quedó descompensado tras las transiciones rápidas de la visita. Por otra parte, Rafael Profini (5) se encargó de las coberturas cuando los laterales se proyectaban. Liberó a Pittón para desprenderse en ataque en ciertos tramos del primer tiempo. Disputó la zona media con mucha intensidad, cortando líneas de pase y auxiliando a la zaga central. Sin embargo, en el sistema 4-4-2, la exigencia física fue máxima al verse superado por el 2v3 que planteó NOB. En el final del primer tiempo casi convierte con un remate que terminó sacando el arquero. Y allí se notaba que el plan de Newell’s no era improvisado, sino que apuntaba directamente a una debilidad que ya es conocida, esa dificultad para coordinar los retrocesos cuando el equipo está en fase ofensiva o cuando pierde la pelota en zonas comprometidas. Ahora, también es cierto que una cosa era cómo Unión defendía —donde aparecían esos espacios, esas descoordinaciones, esas dudas— y otra muy distinta era cuando le tocaba atacar, porque ahí cambiaba completamente la cara, se paraba de otra manera, ocupaba mejor los espacios y, sobre todo, buscaba darle amplitud al juego, abriendo la cancha por las bandas para no quedar encerrado por dentro y para generar situaciones a partir del uno contra uno o de la llegada por afuera; y en ese contexto, cuando realmente se lo proponía, cuando lograba conectar dos o tres pases seguidos con cierta claridad, Unión se volvía un equipo punzante, incómodo, capaz de lastimar, algo que no siempre aparece pero que cuando lo hace deja la sensación de que hay más potencial del que termina mostrando en la mayoría de los partidos. Lo que también llamaba mucho la atención —y que fue una constante bastante marcada— era la cantidad de espacios que dejaba Newell’s en esos retrocesos de ataque a defensa, como si el equipo se partiera en dos cada vez que perdía la pelota, quedando expuesto en transiciones donde Unión, si afinaba un poco más la toma de decisiones, podría haber hecho bastante más daño del que terminó haciendo; porque no eran espacios menores, eran huecos importantes, zonas libres donde se podía progresar con relativa facilidad, pero que muchas veces no se aprovechaban del todo, ya sea por imprecisión, por falta de lectura o simplemente porque el equipo no terminaba de convencerse de atacar esos espacios con decisión. Y ahí aparece una sensación medio contradictoria, porque por un lado se ve que el rival ofrece oportunidades claras para lastimar, que se desordena en el retroceso, que deja metros y tiempo para pensar, pero por otro lado Unión no siempre logra capitalizar eso, como si le faltara ese último paso, esa determinación para transformar una ventaja potencial en una situación concreta de peligro. El partido tenía ese ida y vuelta medio desprolijo, donde ambos equipos mostraban virtudes y falencias bastante evidentes, pero donde quedaba la sensación de que había más para explotar de lo que finalmente se explotó, especialmente en esos momentos donde Newell’s quedaba mal parado y el escenario se prestaba para hacer algo más.

Por derecha Julián Palacios (7) fue uno de los nombres propios del partido no solo por lo que hizo dentro del campo, sino también por el contexto mediático que lo rodeó en la semana, ya que la decisión de la Dirección Nacional de Arbitraje de sancionar con amarilla y tiro libre indirecto el gesto de pararse sobre la pelota lo puso en el centro de la escena, aunque más allá de esa polémica, lo cierto es que dentro del juego terminó siendo de los futbolistas más determinantes de Unión, sobre todo en el arranque del encuentro donde mostró una intensidad y un desequilibrio constante en el uno contra uno que complicó mucho a la defensa rival. Desde el inicio mismo del partido se lo vio muy activo, participativo y con confianza para encarar, y apenas a los 3 minutos ya había sido protagonista directo en la jugada del 1-0, porque desbordó con éxito por su sector, ganó en velocidad y en técnica en el duelo individual, y desde ahí lanzó un centro preciso y bien medido que terminó en el cabezazo de Marcelo Estigarribia para abrir el marcador, una acción que no solo reflejó su capacidad para romper líneas sino también su buena lectura para elegir el momento justo del pase. A partir de ahí, Palacios se consolidó como una de las principales vías de ataque del equipo, armando un tándem muy interesante con Lautaro Vargas por el costado derecho, donde se asociaban con movimientos complementarios, alternando desmarques, apoyos cortos y proyecciones que generaban constantemente superioridad numérica en ese sector. Durante los primeros 20 minutos del partido fue, sin dudas, lo más peligroso de Unión, ya que cada vez que tomaba la pelota lograba generar sensación de riesgo real, ya sea con desbordes o con centros punzantes buscando a Tarragona dentro del área, insistiendo una y otra vez en atacar a los centrales Salcedo y Goitea, que muchas veces quedaban comprometidos ante la movilidad y la agresividad ofensiva del equipo. Esa insistencia lo convirtió en una amenaza permanente, porque no solo participaba en la creación sino que también aceleraba cada jugada con intención clara de lastimar. Sin embargo, con el correr del partido y especialmente en el segundo tiempo, empezó a notarse una caída en su rendimiento en el aspecto defensivo, ya que sufrió en el retroceso cuando el equipo perdió el control del juego y quedó más largo, lo que lo obligó a recorrer más metros hacia atrás y lo expuso en algunas transiciones donde no logró recomponerse con la misma eficacia que en el inicio. Aun así, su influencia ofensiva en la primera mitad fue tan marcada que terminó siendo uno de los jugadores más desequilibrantes del encuentro, con una participación directa en las acciones más claras de su equipo y con una presencia constante en campo rival mientras tuvo energía para sostener ese nivel de intensidad.

En ese instante, Mateo Del Blanco (5) tuvo quince minutos superlativos. En ese arranque era todo del Tate, que ganaba e imponía condiciones; de hecho, sorpresivamente arrancó por derecha. No buscaba la línea de fondo para el centro, sino el recorte hacia el medio. Madelón intentó capitalizar su excelente pegada desde el borde del área, buscando sorprender a un Reinatti que suele sufrir con remates con rosca hacia el segundo palo. Se generaba un carril limpio para la proyección de Lautaro Vargas. El objetivo era que Vargas llegara por sorpresa y con ventaja espacial para enviar centros a los dos tanques del área, Estigarribia y Tarragona. Participó en la jugada en la que Estigarribia anotó de cabeza para el 1-0. No obstante, cayó en la impotencia generalizada. Cuando pasó a jugar por izquierda, quedó descompensado varias veces en el retroceso. Se hizo cargo de la pelota detenida y de los centros (58 centros en total ejecutó el CAU). Muy errático en los pases y en las pérdidas. Sin embargo, todo ese envión inicial de Unión terminó siendo exactamente eso: un arranque intenso, un buen tramo de partido que no se extendió más allá de quince minutos, ni uno más ni uno menos, como si el equipo tuviera una especie de límite invisible que le impide sostener en el tiempo aquello que, por momentos, logra construir con cierta claridad; y ahí es donde aparece el verdadero problema, porque no se trata de que no pueda jugar bien, de que no tenga pasajes donde domine o donde muestre una idea, sino de que no sabe qué hacer con esa ventaja cuando la consigue, no sabe administrarla, no sabe defenderla ni desde lo táctico ni desde lo emocional, y eso termina siendo mucho más grave que no generarla, porque implica una incapacidad para gestionar los momentos del partido, para entender cuándo acelerar, cuándo bajar el ritmo, cuándo cerrarse y cuándo volver a golpear. En ese sentido, lo que se vio no fue una excepción ni un accidente aislado, sino la repetición de un patrón que ya se volvió demasiado evidente, demasiado reiterado como para seguir atribuyéndolo a la casualidad o a esas “cosas del fútbol” que muchas veces se usan como explicación cómoda cuando no se quiere profundizar demasiado.

Porque si uno hace un repaso rápido, casi sin esfuerzo, aparecen enseguida los antecedentes recientes que refuerzan esta idea: le pasó contra Independiente en ese partido increíble donde estaba 3-0, 4-2 y luego se lo empataron. Ante Boca, la semana pasada frente a Estudiantes y, como si hicera falta confirmarlo una vez más, anoche ante Newell’s Old Boys; cuatro situaciones en menos de un mes que no solo comparten el resultado final o la frustración del hincha, sino sobre todo la forma en que se desarrollan, esa incapacidad para sostener una ventaja que, en algunos casos, era más que considerable. Y ahí es donde la explicación deja de ser circunstancial para volverse estructural, porque una vez puede pasar, dos veces ya empieza a llamar la atención, pero cuando se repite de manera tan seguida, con los mismos errores, con las mismas dudas, con la misma sensación de que el equipo se desarma cuando debería afirmarse, entonces ya no hay margen para hablar de mala suerte ni de factores externos: hay un problema de fondo, una falla en la construcción del equipo, en su funcionamiento colectivo y en su fortaleza mental para atravesar esos momentos donde el partido exige otra cosa. Desde una mirada más amplia, lo que queda expuesto es una carencia que atraviesa todos los niveles del equipo, porque no es solo una cuestión defensiva en términos de posicionamiento o de errores individuales, sino también una falta de lectura del juego, de manejo de los tiempos, de inteligencia para interpretar qué pide cada momento; Unión no logra “enfriar” los partidos cuando está en ventaja, no consigue hacerlos largos, cortados, incómodos para el rival, sino que muchas veces entra en un ritmo que no le conviene, se presta al ida y vuelta, se expone más de lo necesario y termina pagando caro esa falta de control. Y lo más preocupante es que esto ya no sorprende, porque el hincha lo empieza a anticipar, lo ve venir, siente que el equipo no transmite seguridad ni siquiera cuando está arriba en el marcador, como si la ventaja fuera algo frágil, transitorio, más cercano a perderse que a consolidarse.

De un tiro de esquina ejecutado por Facundo Guch desde la oreja izquierda, la jugada terminó siendo otro de esos momentos que terminan marcando el rumbo de un partido que ya venía bastante cargado emocionalmente, porque la pelota cayó con veneno al área, rebotó en Marcelo Estigarribia en medio de un montón de piernas y cuerpos, y volvió a quedar viva en una zona donde cualquier desconcentración se paga caro, en ese caos típico de las pelotas paradas donde todo es roce, rebote y mala fortuna, y donde el arquero tiene que resolver en décimas de segundo. En ese contexto, el que tuvo una noche realmente para el olvido fue Matías Mansilla (2), que más allá de que le llegaron poco en cantidad, cada vez que lo exigieron terminó sufriendo consecuencias directas en el resultado, porque le convirtieron tres goles y en ningún momento logró transmitir seguridad a su defensa ni al equipo en general, quedando siempre con la sensación de que cualquier acción en el área podía terminar mal resuelta o con algún rebote peligroso. El primero de los tantos incluso tuvo un condimento muy particular y desafortunado, porque terminó siendo prácticamente en contra, ya que la pelota parecía salir sin demasiado peligro, sin una dirección clara hacia el arco, pero en una intervención poco feliz el arquero terminó empujándola hacia adentro, lo que no solo golpeó en el marcador sino también en lo anímico, porque son esas jugadas que desordenan todo el sistema defensivo y generan dudas en cada centro posterior. A eso se le suma que, más allá de ese error puntual, Mansilla nunca terminó de afirmarse en el partido, alternando momentos de inseguridad en los centros con decisiones algo tardías a la hora de salir o achicar, lo que contribuyó a esa sensación general de fragilidad en el fondo. De todos modos, dentro de un rendimiento claramente negativo, lo único rescatable de su actuación fue una respuesta sólida en un cabezazo de Francisco Scarpeccio antes de que terminara el primer tiempo, una intervención que evitó que la diferencia en ese momento fuera aún más amplia y que al menos mostró que, en alguna acción aislada, pudo responder con reflejos y buena ubicación. Pero más allá de esa atajada puntual, la imagen general fue la de un arquero superado por el contexto del partido, sin confianza, sin seguridad en los centros y con una noche en la que prácticamente cada intervención terminó dejando alguna consecuencia negativa en el resultado final.

Tras el 1-1 el partido cambió bastante en su dinámica porque Newell’s empezó a tomar una postura mucho más pragmática, directamente le cedía la pelota a Unión y se replegaba sin demasiadas dudas, con la idea clara de bajarle el ritmo a un equipo que venía siendo más intenso, más vertical y con más energía en los duelos, entonces lo que se veía era un Newell’s metido atrás, ordenado pero sin intención real de presionar alto ni de incomodar la salida rival, esperando más el error ajeno que generando algo propio, y eso hacía que Unión tuviera la pelota casi de forma constante pero sin terminar de transformarlo en situaciones realmente claras, porque si bien lograban avanzar y meter gente en campo contrario, se repetía mucho el problema de siempre en este tipo de partidos que es la falta de precisión en el último pase o en la finalización de las jugadas, y además la defensa de Newell’s, aunque replegada, mostraba muchas limitaciones cuando la pelota caía en el área o cuando aparecían centros desde los costados, especialmente los que llegaban desde la zona de Mateo Del Blanco, que cada vez que se proyectaba generaba sensación de peligro porque encontraba espacios o porque los marcadores no llegaban a tiempo a cerrar bien. A medida que pasaban los minutos se notaba todavía más que Unión no lograba recuperar del todo el golpe anímico del empate, porque más allá de tener la iniciativa y el control territorial, el equipo empezaba a mostrar cierta endeblez en el retroceso, quedaba partido en algunas transiciones y no terminaba de acomodarse cuando perdía la pelota, lo que le daba a Newell’s algunas chances aisladas de salir rápido aunque sin demasiada profundidad, y a eso se le sumaba un nivel de imprecisión bastante alto en los pases, como si el equipo estuviera apurado pero sin claridad, lo que cortaba cualquier intento de continuidad en el juego, entonces se veía un trámite medio raro donde Unión dominaba pero sin lastimar y Newell’s resistía pero sin poder salir, todo muy trabado y con sensación de que cualquier detalle podía cambiar el rumbo del partido, mientras en el juego aéreo Unión sí imponía presencia, ganaba varios duelos y obligaba a Newell’s a defender cada centro con mucha atención, aunque después fallaba en la definición o en el último toque, lo que terminaba dejando todo en una especie de dominio estéril.

Newell’s, a bordo del 4-1-4-1 intentaba monopolizar la posesión frente a un 4-4-2 de Unión que, lejos de amilanarse tras el infortunio del gol en contra de Mansilla, había logrado estabilizar sus líneas de presión media para cortocircuitar el eje creativo rosarino. En este punto cronológico, el partido se jugaba en un espacio reducido de apenas 30 metros, con un Unión que priorizaba el orden defensivo sobre la tenencia, permitiendo que Newell’s moviera el balón entre sus centrales, Salcedo y Goitea (reemplazante de Salomón en el esquema visual), pero activando una presión asfixiante en cuanto la pelota cruzaba el círculo central hacia los pies de Rodrigo Herrera o Luca Regiardo. El comportamiento defensivo de Unión a la media hora de juego era un manual de basculación y coberturas. Madelón había identificado que el mayor peligro residía en las bandas, por lo que instruyó a Julián Palacios y Brahian Cuello para que realizaran un sacrificio táctico inmenso, retrocediendo casi como laterales volantes para generar superioridad numérica contra Mazzantti y Jerónimo Russo. Precisamente, Russo —quien ya había marcado su gol con un remate de media distancia que sorprendió a todos— se proyectaba constantemente por izquierda, obligando a Lautaro Vargas a mantenerse en una vigilancia estrecha y sacrificando su proyección ofensiva. Por el carril central, la dupla Mauro Pittón-Rafael Profini funcionaba como una aduana infranqueable; Pittón, con el brazalete de capitán, lideraba la presión tras pérdida, mientras que Profini se encargaba de interceptar los balones filtrados que buscaban a Facundo Guch, quien a los 30 minutos se encontraba visiblemente frustrado al no poder recibir de frente al arco de Mansilla.

Por el lado de Newell’s, el equipo de Kudelka mantenía una estructura de amplitud máxima, buscando estirar el bloque de Unión para generar pasillos internos. A los 30 minutos, la estrategia de la visita era clara: atraer a los volantes de Unión hacia una banda mediante circulaciones lentas de balón, para luego cambiar de frente rápidamente hacia el sector opuesto donde Armando Méndez esperaba para profundizar. Sin embargo, la gestión de espacios de Unión era impecable; la línea de cuatro defensores, liderada por Maizon Rodríguez (3), que fue de mayor a menor. Un aceptable primer tiempo y un segundo para el olvido. Había arrancado bien, con protagonismo en ambas áreas. Cortó ataques directos de Newell’s, que buscaban a Scarpeccio cuando la Lepra atacaba a las espaldas del doble cinco. Participó en la construcción desde el fondo, buscando conectar con Pittón para romper la primera línea de presión de NOB. El pase largo fue una alternativa válida cuando Newell’s bloqueaba las bandas. En el segundo tiempo la tocó atrás para Mansilla, pero el pase fue corto e Ignacio Ramírez, quien había ingresado hacía segundos, aprovechó el regalito para el 3-1. Mientras que, Juan Pablo Ludueña (6) dentro de una defensa que otorgó grandes ventajas, fue el mejor defensor que tuvo el Tate en una noche deficitaria en el Mundo Unión. Buscó constantemente a Del Blanco para profundizar, intentando saltar la presión de los volantes externos de Newell’s. Se mantuvo seguro en los pases cortos, aunque arriesgó menos en los envíos largos en comparación con su compañero de zaga, priorizando la seguridad en la entrega para evitar contragolpes. Durante toda la noche estuvo cerca del gol mediante la pelota parada. Remató por encima del travesaño, luego ganó de cabeza y la pelota se fue por arriba del horizontal. En el segundo tiempo, y cuando Unión seguía empujando, cabeceó, Reinatti le ganó el duelo y apareció Menossi para el 2-3 cuando faltaban 6 minutos para el final.

Ofensivamente, Unión apostaba a la contundencia de sus transiciones directas a los 30 minutos de la primera etapa. El plan de Madelón era recuperar y lanzar inmediatamente para la potencia de Cristian Tarragona (5), que estuvo apagado, muy poco participativo. Cumplió un rol más asociativo y de desgaste físico. Salió constantemente del área para arrastrar marcas y asociarse con Del Blanco y Palacios. Ganó gran parte de los duelos contra los volantes defensivos de Newell’s (Guch y Herrera), sirviendo de descarga para los pelotazos largos de Mansilla cuando el mediocampo estaba bloqueado. Tuvo el empate a los 51 minutos con un derechazo dentro del área que Reinatti salvó de forma milagrosa. A esa altura del encuentro, Unión se sentía cómodo cediendo la iniciativa territorial, confiando en que la velocidad de sus puntas y la precisión de los envíos de Pittón podrían castigar el adelantamiento excesivo de las líneas de Kudelka, que a menudo dejaba a su arquero Josué Reinatti desprotegido ante posibles contraataques de tres contra tres. Y en ese contexto, si bien muchas veces se ha señalado a Fernando Espinoza en partidos de Unión por decisiones que generaron polémica o perjuicios para el equipo tatengue, en este caso concreto hay que ser bastante honestos y decir que el arbitraje tuvo algunas intervenciones puntuales que terminaron favoreciendo a Unión en momentos clave del desarrollos, como en el caso de Lautaro Vargas (4). Si hay algo que tendrá que mejorar a futuro es el temperamento. Como es habitual en el esquema de Leonardo Madelón, se le pidió profundidad. Trabajó en tándem con Julián Palacios por la banda derecha. Tras su ausencia ante Estudiantes, le dio al equipo una salida más limpia por derecha que la que había mostrado Nicolás Paz, aunque sufrió en el retroceso ante las transiciones rápidas de Walter Mazzantti. Debió ser expulsado en el primer tiempo. El lateral pareció desplazar al volante de Newell’s con la cadera dentro del área. Se salvó de la expulsión tras una entrada muy dura (plancha con ambos pies) sobre Jerónimo Gómez Mattar.

Unión empezó a perder bastante de la fluidez que había mostrado en los primeros minutos del partido, ese ritmo más suelto y dinámico que había tenido al inicio se fue diluyendo con el correr del juego, en parte porque Newell’s ajustó algunas cosas y logró emparejarlo con las corridas de Mazzanti, que empezaron a darle otro aire al equipo rosarino en las transiciones y a equilibrar un poco el desarrollo del encuentro. A partir de ahí el trámite se volvió más parejo, más cortado por momentos, y ya no era ese dominio claro de Unión que se había visto al principio, sino un partido mucho más disputado, con menos claridad y con más lucha en la mitad de la cancha. En ese contexto llegó otro golpe para Unión, porque en un tiro de esquina se dio una jugada que terminó marcando el segundo gol de Newell’s: hubo un rechazo defensivo que no fue del todo contundente, la pelota quedó viva afuera del área y le cayó a Russo, que estaba sin marca y con demasiado tiempo para acomodarse, nadie salió a encimarlo ni a presionarlo con la intensidad necesaria, y eso le permitió tomarse un segundo de más, perfilarse tranquilo y sacar un zurdazo fuerte, preciso y bastante letal que terminó pegando en el palo y metiéndose, un gol que golpeó fuerte porque fue más por desatención y pasividad que por una gran elaboración del rival. A pesar de eso, Newell’s también tuvo la posibilidad de liquidarlo en esa primera etapa, porque en una jugada posterior tras un centro al punto penal del área de Unión, Scarpeccio apareció para conectar de cabeza y darle dirección al arco, pero Mansilla respondió bien, bien ubicado y con reflejos rápidos, quedándose con la pelota y evitando lo que pudo haber sido una diferencia todavía más amplia. Del otro lado, Unión también tuvo su chance clara para empatarlo, en una situación donde Profini sacó un remate que parecía peligroso y obligó a Reinatti a intervenir con una gran atajada, de esas que sostienen un resultado y que en ese momento mantuvieron a Newell’s arriba en el marcador, en un partido que ya se había vuelto mucho más abierto, cambiante y con oportunidades para los dos lados, pero donde la eficacia empezaba a marcar la diferencia.

El segundo tiempo de Unión vs Newells
En el entretiempo, es donde Frank Darío Kudelka le empieza a ganar el duelo tácticamente a Madelón. Herrera había realizado un desgaste inmenso en la contención de Mauro Pittón. El ingreso del juvenil Gómez Mattar (quien a sus 17 años ya es una de las joyas del club) aportó una frescura física necesaria para sostener la presión alta. A diferencia de la pausa que ofrece Herrera, Gómez Mattar tiene una tendencia natural a romper líneas con conducciones rápidas. Kudelka buscó que, tras cada recuperación en campo propio, el equipo tuviera una salida más explosiva para aprovechar los espacios que dejaba Unión al adelantarse en busca del empate. Luego, un par de minutos más tarde, sacó a Facundo Guch, y lo mandó a Fabián Noguera, que hacía mucho tiempo no jugaba por un conflicto salarial. Mutó del 4-1-4-1 a un 5-4-1 elástico. Se dio cuenta que Madelón estaba cargando el área con centros para Estigarribia y Tarragona. La entrada de Noguera tuvo como objetivo primordial ganar el «segundo balón» y neutralizar el poderío aéreo del Tatengue. Kudelka sacrificó la creatividad de Guch en el último tercio para garantizar que ningún centro de Del Blanco o Palacios encontrara un receptor libre. udelka detectó que Unión estaba ganando metros por las bandas y que el cansancio empezaba a mermar la capacidad de retroceso de sus volantes. Con estos cambios, reforzó el juego aéreo (Noguera) y garantizó una transición rápida (Gómez Mattar), logrando que Newell’s resistiera el descuento final de Menossi y se llevara tres puntos vitales de Santa Fe. Fue una apuesta por el pragmatismo defensivo en los minutos finales, priorizando el resultado sobre la estética del juego interior que había predominado en la primera media hora

Madelón buscó darle más fútbol con la entrada de Nicolás Palavecino (5). Se que suena antipático decirlo, porque la gente está cansada de él y seguramente sea uno de los jugadores que no continuará en Unión en los próximos meses, marcado por el gol que erró ante River por Copa Argentina, pero acá tengo que ser honesto: entró bien, pidió la pelota, se asoció y trató de generar fútbol. Al minuto de entrar, remató débil a las manos de Reinatti. Su lugar fue ocupado por Brahian Cuello (4). Madelón no le puede encontrar la vuelta a la posición de volante por izquierda. Desde que está en la institución, desde mayo de 2025, ninguno se pudo adueñar de la banda izquierda. Pasaron Fragapane, Aguirre y Grella, y ninguno estuvo a la altura. Ahora vuelve a pasar lo mismo con el ex Instituto. Intentó ganarle las espaldas a Armando Méndez, pero lo hizo esporádicamente. Buscó asociarse con Estigarribia y Tarragona, enviando centros o buscando diagonales hacia el centro para permitir la subida de Del Blanco. Le faltó mayor precisión en el último tercio para desequilibrar a una defensa de la Lepra que se mostró muy sólida tras ponerse en ventaja.

La gestión del bloque bajo de Newell’s a los 15 minutos del complemento fue una exhibición de disciplina táctica. Con la ventaja a su favor, Kudelka ordenó un repliegue intensivo, reduciendo la distancia entre líneas a menos de ocho metros. Saúl Salcedo y el ingresado Goitea (consolidado tras la salida de Salomón) formaron un embudo infranqueable en el área chica, obligando a Unión a lateralizar el juego de manera estéril. La clave en este fragmento del partido fue la capacidad de Armando Méndez para anular las subidas de Mateo Del Blanco; el lateral uruguayo de Newell’s, haciendo gala de su potencia física, clausuró su banda derecha, forzando a Unión a buscar envíos aéreos desesperados. Por el centro, el rol de Facundo Guch mutó de ser un receptor de espaldas a convertirse en el primer obstáculo de la salida de Mauro Pittón, impidiendo que el capitán de Unión pudiera lanzar pelotas limpias hacia la zona de gestación, lo que obligaba al Tatengue a una circulación de balón lenta, previsible y horizontal. Por el lado de Unión, a los 15 minutos de la segunda mitad, la urgencia de Madelón se tradujo en una asimetría ofensiva arriesgada. El equipo pasó de su 4-4-2 equilibrado a un sistema que se asemejaba más a un 3-4-3 en fase de ataque, con Lautaro Vargas proyectándose casi como un extremo por derecha para permitir que Julián Palacios se cerrara y acompañara a Cristian Tarragona y Marcelo Estigarribia en el área. Sin embargo, esta ambición ofensiva generaba un déficit estructural preocupante: el retroceso defensivo. Rafael Profini se encontraba desbordado en el círculo central, teniendo que cubrir abanicos de terreno demasiado extensos para interceptar las transiciones rápidas de Newell’s. La fatiga empezaba a hacer mella en el mediocampo local, y la desconexión entre la línea de volantes y los delanteros era evidente; Estigarribia quedaba demasiado aislado, teniendo que pelear balones divididos contra tres defensores rojinegros, lo que diluía el peso de ataque de Unión y lo exponía a la estocada final de la visita.

Unión seguía absolutamente en la misma tónica que venía arrastrando desde el tramo anterior del partido, sin poder encontrar un mínimo de estabilidad en la circulación ni una secuencia de pases que le permitiera asentarse en campo rival, y eso terminaba generando un círculo bastante negativo donde cada intento de progresar se transformaba en una pérdida rápida que alimentaba aún más la confianza de Newell’s, porque el equipo rosarino ya había entendido el partido desde hacía rato y no necesitaba asumir riesgos innecesarios, simplemente esperaba ordenado, bien parado, y cada vez que Unión fallaba en la salida o en un pase sencillo en mitad de cancha, lo capitalizaba de inmediato con transiciones rápidas o con ataques directos que encontraban a la defensa rival mal perfilada o retrocediendo a destiempo. En ese contexto, el Tate empezaba a jugar con una carga emocional muy fuerte encima, porque se lo veía claramente apurado, con decisiones tomadas desde la ansiedad más que desde la claridad, como si la necesidad de empatarlo lo estuviera empujando a acelerar todo el tiempo sin pausa ni lectura, y eso se notaba en controles que se escapaban, pases mal direccionados, recepciones incómodas y una sensación constante de que el equipo estaba jugando contra sí mismo tanto como contra el rival, porque cada error propio lo metía un poco más en un estado de desesperación futbolística difícil de revertir en el desarrollo del partido. Al mismo tiempo, Newell’s defendía con mucha gente detrás de la línea de la pelota, armando un bloque bajo muy compacto, con líneas juntas y con la clara intención de reducir todos los espacios posibles, sin dejar huecos entre líneas y obligando a Unión a caer permanentemente en centros frontales o intentos individuales que rara vez prosperaban, y esa estructura defensiva le daba una enorme tranquilidad porque sabía que no estaba sufriendo situaciones claras si mantenía el orden, mientras que del otro lado se veía a un Unión que arriesgaba muchísimo en cada salida, incluso desde zonas comprometidas, intentando salir jugando pero muchas veces sin la precisión necesaria o sin las líneas de pase bien ofrecidas, lo que hacía que cada intento de construcción se convirtiera en una situación de alto riesgo, casi al borde del error fatal, y esa sensación se fue instalando cada vez más fuerte con el correr de los minutos hasta dejar la impresión de que el 1-3 estaba permanentemente rondando, porque bastaba una pérdida en zona sensible para que Newell’s activara rápido y quedara mano a mano o en superioridad numérica, generando un escenario donde Unión jugaba con el corazón pero con la cabeza desordenada, y eso en el fútbol de alto nivel suele ser una combinación muy peligrosa cuando el rival está tan bien plantado y tan claro en lo que quiere hacer.

Entró Lucas Menossi (6) por Rafael Profini en un momento del partido donde Unión necesitaba sí o sí encontrar alguna referencia más clara en el medio, alguien que pudiera ordenar un poco el caos que se venía viendo en la circulación y que al menos le diera cierta pausa al equipo en medio de tanto apuro y desorden, y aunque físicamente todavía se lo notaba con algunas limitaciones propias del ritmo del encuentro, la intención fue bastante evidente desde el primer contacto con la pelota, porque intentó hacerse eje, pedirla siempre, jugar simple y empezar a mover la pelota con criterio para que el equipo no siguiera cayendo en ese espiral de imprecisiones que venía arrastrando, aunque la realidad es que, más allá de ese intento de orden, el equipo seguía sin profundidad real y sin lograr romper la estructura defensiva de Newell’s con jugadas limpias o elaboradas. De todos modos, dentro de ese contexto bastante adverso, el ex Tigre y Belgrano terminó teniendo un rol importante porque logró participar en la jugada que derivó en el descuento, aportando esa pequeña cuota de claridad que le permitió a Unión encontrar un resquicio para meterse de nuevo en partido y generar cierta esperanza, más desde lo anímico que desde lo futbolístico puro, porque el equipo seguía sin dominar el trámite ni generar una presión sostenida, pero al menos ese gol le devolvía algo de vida en un momento donde parecía bastante apagado. Mientras tanto, Newell’s no perdía la calma en ningún momento, incluso cuando tenía que resolver situaciones incómodas o despejar bajo presión, se mostraba firme y sin “nubilarse”, sacándola de punta al medio cuando hacía falta, sin complicarse, priorizando siempre la seguridad antes que el lujo, manteniendo el control emocional del partido y sosteniendo una estructura que, aunque se replegaba por momentos, nunca dejaba de ser ordenada ni de transmitir sensación de control sobre el desarrollo del juego.

Frank Darío Kudelka siguió metiendo mano en el equipo en un momento del partido donde Newell’s ya tenía más claro que nunca cuál era el camino para sostener la ventaja y, sobre todo, cómo podía liquidarlo aprovechando los espacios que Unión iba dejando a medida que se adelantaba desesperadamente en busca del empate. En ese contexto entró Juan Ignacio Ramírez por Francisco Scarpeccio, que había sido fundamental durante los primeros 60 minutos porque cumplió un rol muy importante de referencia ofensiva, bancando los duelos físicos con Ludueña y Maizon Rodríguez, actuando casi como un faro en ataque para aguantar pelotazos, descargar de espaldas y permitir que los extremos llegaran con ventaja desde segunda línea, algo que le dio a Newell’s una vía clara para salir en varios tramos del encuentro cuando estaba más presionado. Sin embargo, con el ingreso de Ramírez, la idea de Kudelka cambió en un sentido bastante específico: ya no se trataba tanto de tener una referencia fija para jugar de espaldas, sino de contar con un atacante mucho más punzante en los espacios reducidos, alguien que pudiera atacar el desorden defensivo de Unión con movimientos más verticales y explosivos. El Colo Ramírez no es un delantero estático entre los centrales, sino que se caracteriza por moverse constantemente en el intervalo entre lateral y central, buscando esos pequeños huecos que aparecen cuando el rival queda mal parado, y en este partido eso era clave porque Unión, al estar adelantado en busca del empate, empezaba a dejar cada vez más expuestas las espaldas de su última línea. Kudelka leyó eso con claridad y entendió que Ramírez podía ser determinante atacando esas zonas con diagonales cortas pero muy agresivas, con la intención de quedar mano a mano con Matías Mansilla o generar situaciones claras a partir de un solo pase filtrado. A medida que el partido avanzaba y Mazzanti lograba desbordar con más frecuencia por la derecha, Newell’s necesitaba además un delantero que no solo acompañara la jugada, sino que fuera decisivo en la finalización, sobre todo en acciones rápidas dentro del área, donde el “anticipo en el primer palo” se volvía una herramienta clave para cerrar los centros o los envíos cruzados que empezaban a aparecer con más frecuencia. Scarpeccio, por su perfil, era más un receptor de juego aéreo y un jugador de referencia física, mientras que Ramírez aportaba otra cosa completamente distinta: una lectura mucho más fina de los rebotes, de los centros atrás y de las segundas jugadas, con una relación mucho más directa con el gol de un solo toque, algo que en partidos cerrados o que empiezan a romperse como este suele ser determinante.

A los 31 minutos del complemento se terminó de romper el partido en una jugada que, por cómo venía el trámite, fue casi un golpe definitivo: Maizon Rodríguez intentó jugar hacia atrás con Mansilla, pero el pase quedó corto, mal calibrado, y ahí apareció Juan Ignacio Ramírez, que llevaba menos de un minuto en cancha, para leer la situación antes que todos, anticiparse al arquero de Unión y definir sin oposición en una acción que resumió perfectamente la diferencia de atención y de eficacia entre un equipo y otro en los momentos decisivos. Fue una jugada simple en su origen, pero letal en su resolución, porque expuso esa mínima distracción que en este tipo de partidos se paga carísimo, y Newell’s, que venía esperando justamente ese tipo de errores, no perdonó cuando tuvo la chance de sentenciarlo.

Después de eso, el partido siguió moviéndose en un clima ya mucho más fragmentado, con el ingreso de Franco Fragapane, cuyo aporte más relevante terminó siendo el centro previo que había derivado en el cabezazo de Ludueña y en la jugada que terminó en el gol de Menossi, pero fuera de esa acción puntual su participación fue bastante intermitente, con poco contacto con la pelota y sin demasiada incidencia en el desarrollo general del juego. También entró Diego Díaz, que volvía a ser tenido en cuenta después de la lesión, pero lo hizo prácticamente en tiempo de descuento, con muy poco margen para influir realmente en el partido, algo que deja la sensación de que su ingreso quizás debió haberse producido antes para intentar aportar algo distinto en un tramo donde Unión ya jugaba más con empuje que con claridad.

El descuento de Menossi, de todos modos, le puso algo de incertidumbre al marcador en los minutos finales, porque obligó a Newell’s a replegarse todavía más y a jugar directamente en modo resistencia, abroquelado atrás, luchando cada pelota como si fuera la última, sin demasiadas pretensiones ofensivas y con la única prioridad de sostener la ventaja hasta el final. Fue un cierre cargado de tensión, donde el equipo rosarino se aferró al resultado más que al juego, esperando el pitazo final mientras Unión empujaba como podía, ya sin demasiadas ideas pero con el impulso anímico de intentar rescatar algo.

En la última jugada del partido incluso hubo una situación muy clara que pudo haber cambiado todo, con Reinatti apareciendo de manera determinante para taparle un bombazo a Tarragona desde corta distancia, una atajada que terminó siendo clave para asegurar la victoria y que reforzó la figura del arquero como uno de los responsables directos del triunfo. Apenas después de esa acción llegó el final, y la reacción fue inmediata: todos fueron a abrazar a Reinatti, que terminó siendo uno de los grandes protagonistas de la noche, aunque no el único, porque detrás de ese resultado hubo un trabajo colectivo sólido que construyó una victoria importante, la segunda de visitante y la tercera en los últimos cuatro partidos, un triunfo que le permite a Newell’s sostenerse arriba, mirar la tabla desde una posición más cómoda, pero sin margen para relajarse. Para Unión, en cambio, fue un golpe durísimo por todo lo que implicaba el partido y por cómo se dio el desarrollo, especialmente porque había arrancado ganando desde muy temprano, a los 3 minutos, y no solo no pudo sostener esa ventaja sino que terminó perdiendo el invicto en el 15 de Abril, dejando una imagen muy floja en el tramo final que derivó en el repudio de sus hinchas. Es una derrota que no solo duele por el resultado sino por el contexto, porque compromete seriamente las chances del equipo de meterse en zona de clasificación, y sobre todo porque expone una fragilidad defensiva y anímica preocupante, ya que si no logra corregir la manera en la que defiende y sostiene los partidos, especialmente cuando arranca en ventaja, las posibilidades de clasificación empiezan a reducirse de forma bastante marcada de cara a lo que viene.

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